¡Feliz día del libro! 3/4

Fotografía: Elena del Rivero Fernández Autorretrato perteneciente a la serie ¨De muda en muda¨ (2009). http://www.flickr.com/photos/elenadelrivero/

Elena del Rivero Fernández

¨Este está muy bien, pero pasarás mucho miedo; yo que tú no lo abriría si estás sola en casa, te pondrá los pelos de punta¨.

Estas fueron las palabras de mi padre cuando alzó su mano hasta el fondo de la balda de la estantería para alcanzar un libro de tapas blancas con una ilustración de una silueta oscura corriendo por un bosque en la noche.

Siempre he dejado que mi padre y mi hermana me recomendaran novelas y películas, ya que los tres coincidimos en gustos. Sé que una obra abalada por ellos tiene un porcentaje muy alto de que vaya a alcanzar o superar mis expectativas.

En esta ocasión, pensé que las advertencias eran exageradas, pues otras veces ya había leído novelas de terror y lo había soportado. Reconozco que soy una persona que puede sentir miedo con cierta facilidad, pero hasta entonces, era mucho más sencillo asustarme con películas de terror que con novelas del mismo género.

Cogí el ejemplar y sin leer la parte posterior del mismo, lo metí en mi maleta de viaje. Me iba a Madrid a estudiar lo que más me gustaba: Fotografía. En un mes realicé dos mudanzas y fue en el segundo apartamento compartido donde encontré el momento para empezar a leerlo. Allí vivía con otras dos chicas más y una gata de color negro que cuando quería, respondía al nombre de Loca. Siempre me encantaron los animales y la compañía del felino animaba mi estancia en la casa.

Paralelamente, el relato comenzaba también con la mudanza de un matrimonio con dos hijos y un gato a una nuevo hogar. Poco a poco, la historia se fue haciendo cada vez más interesante, hasta el punto en el que sólo deseaba que llegara la hora en que podía permitirme abrir de nuevo el libro. Tras unos días, empecé a trasnochar para seguir leyendo; era como una droga, quería saber más y más y nunca encontraba el momento de desprenderme de la narración. Lloré desconsoladamente a altas horas de la madrugada, sin poder creer que el escritor pudiera ser tan cruel con los personajes que había creado. No me atrevía a levantarme de mi cama y mucho menos salir de mi cuarto para beber agua o ir al baño en la oscuridad.

Algunas noches, Loca aparecía en mi habitación cuando me encontraba sumergida en las penurias de los protagonistas y, a pesar de que disfrutaba con la compañía del minino, cierto es que, una vez que había avanzado la historia, su presencia comenzaba a inquietarme, hasta el punto de no dejarla entrar en mi habitación en los ratos en los que acompañaba a los protagonistas en los acontecimientos más atroces y macabros de su existencia.

Por un lado quería acabar pronto la novela, pues no podía seguir trasnochando tanto, ya que a veces apagaba la luz dos o tres horas antes de que sonara mi despertador; pero por otro lado, no quería saber el final, me daba pánico pensar en qué más les podría hacer sufrir el escritor a los desdichados personajes.

El título del libro que hizo que se me pusiera la piel de gallina y que me entraran escalofriantes respingos de verdadero terror fue Cementerio de animales de Stephen King. Desde luego, mi padre no se había quedado corto en sus advertencias.

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